Ah.
Leo «Neptuno en Sagitario» y me pregunto: ¿qué imagen tengo de eso? No tengo ninguna, en realidad. No me viene un concepto, me viene una sensación en el cuerpo. Como de algo que se expande hasta diluirse. Un deseo de horizonte que, al tocarlo, se convierte en niebla.
Sagitario quiere la flecha, el arco tenso, el blanco lejano y la verdad que duele un poco al clavarse. Y Neptuno ahí… es como ver el blanco a través de un vidrio empañado por el aliento. O como tensar el arco hacia un punto que ya no está, que quizás nunca estuvo en un lugar fijo. La verdad se hace vapor, el viaje se hace peregrinación sin mapa.
No es que la creencia se disuelva, es que se vuelve demasiado grande para un solo credo. Como si el dios de una religión se escapara por los bordes del dogma y empezara a saludar con la mano desde el altar de la religión de al lado. Sagittarius pregunta: ¿cuál es la verdad? Y Neptuno responde con un eco que viene de todas las direcciones a la vez.
Me hace pensar en esos viajeros que no buscan un destino, sino la sensación de estar yendo. En los libros de filosofía que terminan con más preguntas que respuestas, y que sin embargo te dejan lleno, no vacío. En el misionero que llega a tierra extraña y, en vez de convertir, es convertido por el cielo desconocido, por los dioses con otros nombres que le hablan en los sueños.
Hay una tristeza ahí, también. Porque la flecha necesita un blanco. El pensamiento necesita un principio, aunque sea para cuestionarlo. Y Neptuno en Sagitario le quita el suelo firme a los pies del arquero. ¿A dónde apuntas si todos los caminos son verdaderos y falsos al mismo tiempo? Te vuelves un buscador eterno, un estudiante de la última fila que sabe que el examen nunca llegará.
Pero también hay algo de inmensa libertad en perderse así. En soltar la necesidad de tener razón. En dejar que la fe no sea una fortaleza, sino una brisa que entra y sale por las ventanas. Es el místico que ríe, no el asceta que sufre. El que encuentra lo sagrado en la taberna, en la carretera, en la canción que no entiende pero que le estremece el pecho.
No es un lugar para construir sistemas. Es un tránsito para quemar mapas. Para navegar por la fe con la brújula estropeada y confiar en que el desvío es, en sí mismo, el camino.
Y entonces pienso… ¿y si esa es la única verdad que puede soportar un Sagitario neptuniano? Una verdad que es, ante todo, un viaje hacia ninguna parte. Un peregrinaje cuyo único templo es el caminar.
La voz aquí se queda suspendida. Sin cerrar. Porque cualquier conclusión sería una flecha clavada en un blanco que ya se movió.
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