Hay un momento en la reunión donde la discusión se ha enredado en el procedimiento, en el párrafo dos del reglamento. El aire se vuelve pesado. Y entonces, desde tu lado de la mesa, sale una pregunta que no parece relacionada. «¿Cuál es el propósito final de todo esto, en realidad?» No es una provocación. Es un cable a tierra de otro circuito. Tu función, a menudo, es reconectar la minucia con el motor principal. Cuando la obsesión por los árboles hace olvidar el bosque, tu mente traza una línea rápida hacia el horizonte. Sirve para eso: para restablecer el norte.
Cuando te enfrentas a un manual de instrucciones de sesenta páginas o a una explicación llena de jerga, una especie de fatiga instintiva se apodera de ti. Es pereza? Para nada! En realidad, tu procesador rechaza el dato que no conduce a una comprensión mayor. Tu utilidad está en filtrar eso. En leer el resumen ejecutivo, en buscar el video de cinco minutos que explica el concepto, en llamar a la persona que pueda darte la analogía clara. Te vuelves buena/o encontrando la versión esencial de las cosas, la que puede contarse alrededor de una fogata. Eso tiene un valor práctico inmenso: traducir lo complejo en un mapa legible.
En tu propia vida, esta configuración opera como un sistema de navegación de largo alcance. Te metes en laberintos, sí. Pero tu mente no está hecha para quedarse dando vueltas en el centro. Está diseñada para, en un momento de claridad, generar una hipótesis de salida. Una teoría. «Tal vez si vemos esto como un problema de libertad y no de logística…» Esta hipótesis puede ser exagerada, demasiado amplia, pero su valor no está en su precisión inmediata. Está en que crea un punto de referencia nuevo, fuera de los muros del laberinto. Desde allí, se puede trazar una ruta de regreso a la solución práctica.
También sirve como un puente entre mundos. Escuchas a una persona hablar de su fe y a otra de su teoría física, y de pronto articulas la metáfora compartida que hay en el corazón de ambas. No estás unificando doctrinas; estás mostrando el patrón común del asombro humano. Ese es tu lenguaje: el de los patrones expansivos. En un equipo diverso, esa capacidad es la que sintetiza perspectivas dispares en un objetivo común y inspirador. Das el porqué que hace tolerable el cómo.
Cuando el ambiente se vuelve sofocante, cuando la perspectiva es miope, tu tarea natural es abrir una ventana. Señalar que hay un contexto más amplio. Recordar, a través de una historia o una idea grande, que esto también pasará, que esto es parte de algo. No es optimismo hueco. Es orientación. Es devolverle a la situación su proporción real dentro del paisaje general de una vida o un proyecto.
Finalmente, su principal función es mantener en movimiento la propia mente. Evita que te estanques en una sola forma de pensar, en un solo dogma. Te impulsa a buscar la contradicción que expanda tu comprensión, el libro de una disciplina lejana que ilumine tu problema cotidiano. Te conviertes en un generalista por necesidad, y en un mundo de hiperespecialización, el generalista que conecta puntos distantes es una pieza clave. Tu mente es esa red de conexiones improbables. No es para saber más, sino para ver cómo lo que ya se sabe podría encajar de una manera nueva.
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